Antes de haber visto tu rostro
fui tu alegría.
Más tarde, con mi llanto,
en las noches frías,
marchité tus pupilas
pero no la sonrisa
que brotó de tus labios
cuando yo nacía.
Tú me diste el saber
que adornó mi vida.
Y si hoy puedo amar,
y rezar, y hacer
lo que tú soñaste
que yo hiciera un día,
no es porque las fuerzas
que Dios te había dado
fueron consumidas
quién sabe en qué dichas.
Es porque forjaste
con ellas al hombre
que hoy vuelve a tus brazos
a buscar abrigo,
como aquellas noches
de invierno, tan frías.
Nunca estaré triste, papá,
mientras tú sonrías.