Una
noche de estrellas, luminosa,
se me hizo especial para el recuerdo.
Caminé recogiendo nostalgias
sobre los pasos del tiempo
y mis años de niño desfilaron
en nubes de misterio
ante mis ojos húmedos del llanto
que brotaba en silencio.
Recorrí otra vez aquel
castillo
colosal de los días y los sueños:
argamasa de amor y sacrificio,
ternura sin igual, energía y celo.
Tú lo erigiste inexpugnable
y lo adornaste de flores con tus besos,
que aún perduran, cálidos
como un rescoldo eterno.
Yo volveré a mirar
con mis ojos de niño
tus ojos verde cielo,
y navegando en el cauce
profundo de esos mares
seré un niño sin tiempo.
Nada quedó sin dar, madre;
todo fue nuestro.