De frente a la belleza
© Carlos Alberto Estévez
Estoy hace rato mirando ese ir y venir incesante de
las olas, incansable fuerza renovada del destino y... de pronto, no estoy más aquí ni
allá. Ese arrullo permanente de las olas se confunde con el eco de una voz que escucho
desde siempre.
Y otra vez una música misteriosa surge quién sabe
de dónde. El cielo y el mar se convierten en una enorme catedral en la que por una gran
puerta pequeñita ha entrado un peregrino.
Ahora está de rodillas, envuelto en un himno de
gloria, contemplando la inmensidad y la belleza de la vida.
Se purifica con esa bendición de poder sentirse
infinitamente pequeño y a la vez enorme, gigantesco en la posibilidad de esta unidad que
lo rescata de lo que tendrá fin y lo transporta a verdades eternas.
Se conmueve porque sabe que esos acordes y esas
voces son reales. Vienen desde afuera de sí mismo pero al mismo tiempo están dentro de
él. No puede traducir lo que escucha porque sabe que hay verdades inconmensurables, de
tanta armonía y belleza, de tanta quietud, que no caben en las frases cortas que pueden
escuchar los hombres.
Sólo quien pudiera ponerse de rodillas a su lado y
recibir esos mensajes y salpicar su alma con esas mismas gotas de eternidad sería capaz
de explicarse lo incontable.
Y ese peregrino absorto en la profundidad insondable
del misterio, vivo para siempre en la certeza de este más allá tan cercano, tan propio y
tan compartido, enmudecido por la visión indescriptible de la verdadera belleza, de la
verdadera verdad, dice, simplemente, gracias.
Gracias al AMOR, porque sabe que somos unidad;
porque puede escuchar esa voz; porque cuando está solo no está solo; porque el silencio
es también un acorde sonoro; gracias por este segundo de eternidad. Gracias por la
existencia verdadera.
Gracias... |