Una Ventana a la Vida

Prólogo de Syria Poletti | Índice de esta sección

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Hay un firmamento invisible, con
estrellas que sólo reflejan tu luz

© Carlos Alberto Estévez

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Son millones y millones de lucecitas. Por momentos están encendidas. Otras veces se apagan. Si brillan, significa que . Si no brillan, quiere decir que no. Si dicen que sí, valen uno; si dicen que no, valen cero. Si valen uno, hay un interruptor conectado. Si valen cero, hay un interruptor desconectado. ¿Oíste hablar de la numeración binaria? De allí surgió la idea de las lucecitas. Cada una de ellas, en el lenguaje de las computadoras, se llama bit (BInary digiT) y una grilla formada por muchas de esas lucecitas, encendida, apagada, apagada, encendida, dibuja cada una de estas letras que vos estás leyendo.

Pero no sólo eso. Todo, absolutamente todo lo que hacen todas las computadoras de las que hayas oído hablar, desde la que vos usás para jugar hasta la que se utiliza para comandar un vuelo tripulado al espacio, pasando por las que tienen los médicos para realizar tomografías computadorizadas y devolver la salud, todo se origina en una lucecita encendida, una lucecita apagada.

Y a mí se me enciende el entusiasmo sólo de pensar cuánta inteligencia, cuánta decisión, cuánto esfuerzo; en fin, cuánto AMOR por lo que hacían, debió acumularse en el corazón de tantas mujeres y hombres para que hoy mis manos, bailando alegres una danza embelesada sobre el teclado de ciento dos botoncitos, estén transmitiéndote sentimientos a través de millones y millones de interruptores que se encienden y se apagan al ritmo de lo que yo pienso para vos.

Cierro los ojos y veo un firmamento interminable, poblado de estrellas apiñadas que titilan sin cesar con la luz y la vida que puedan darle estos borbotones de ideas. Y no me importa si se llaman bits, si agrupados forman bytes, o si responden a la fría acción de un circuito impreso por el que pasa corriente eléctrica cada vez que aprieto una tecla.

Yo veo en ese firmamento mucha más vida que voltaje; veo más espíritu que chips; veo una prueba más de las infinitas posibilidades que se ofrecen a la inteligencia humana cuando se orienta al progreso y al bien. Veo a esos millones de lucecitas como naves secretas, misteriosas, en las que hoy viaja mi mensaje hasta tu corazón.

Y entonces se me ocurrió pensar que este conjunto de circuitos impresos, teclas y contactos que se abren o se cierran, no pueden hacerme daño, si yo no quiero; no pueden perjudicarte, si vos no querés. Tampoco tienen vida si un ser humano no se la regala. Son nada más que una elección, una posibilidad. Como un piano espera silencioso que alguien le arranque los mejores sonidos; como un pincel aguarda paciente al artista que lo llevará de paseo por la tela en blanco trazando los perfiles de un cuadro singular, yo encontré hoy mi máquina. Estaba apagada y quieta. Resignada al designio humano. Era un desafío y sin embargo nada podría hacer por sí misma. Sólo tendría la vida que yo fuera capaz de darle.

Volqué en ella un pedacito de mí y a los pocos minutos volví a ver desde mi corazón ese firmamento fantástico de millones de estrellitas titilantes que transportaban mi mensaje de amistad, a través de un cable telefónico, hasta los mailbox de unos cuantos amigos que no puedo ver, muchos de los cuales nunca escucharán mi voz, pero que esta noche, en sus pantallas, no verán bits, no verán chips; encontrarán sentimientos de amistad codificados en letras que se trazan con puntitos de luz. Comprobarán que la vida se intensifica a partir de la vida.

Porque detrás de cada tecla, detrás de cada comando, extendiendo una alfombra roja para recibir con honores la humanidad que le falta, está el ingenio y todo el AMOR entregado por los que inventaron esta máquina.

Y hoy depende de mí, sólo de mí, que la vida que yo le doy valga la pena.

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Editada en Buenos Aires - Argentina