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Son millones y millones de lucecitas. Por momentos están encendidas.
Otras veces se apagan. Si brillan, significa que sí. Si no brillan, quiere decir
que no. Si dicen que sí, valen uno; si dicen que no, valen cero. Si valen uno, hay
un interruptor conectado. Si valen cero, hay un interruptor desconectado. ¿Oíste hablar
de la numeración binaria? De allí surgió la idea de las lucecitas. Cada una de ellas,
en el lenguaje de las computadoras, se llama bit (BInary digiT) y una grilla formada por
muchas de esas lucecitas, encendida, apagada, apagada, encendida, dibuja cada una de estas
letras que vos estás leyendo.
Pero no sólo eso. Todo, absolutamente todo lo que
hacen todas las computadoras de las que hayas oído hablar, desde la que vos usás para
jugar hasta la que se utiliza para comandar un vuelo tripulado al espacio, pasando por las
que tienen los médicos para realizar tomografías computadorizadas y devolver la salud,
todo se origina en una lucecita encendida, una lucecita apagada.
Y a mí se me enciende el entusiasmo sólo de pensar
cuánta inteligencia, cuánta decisión, cuánto esfuerzo; en fin, cuánto AMOR por lo que
hacían, debió acumularse en el corazón de tantas mujeres y hombres para que hoy mis
manos, bailando alegres una danza embelesada sobre el teclado de ciento dos botoncitos,
estén transmitiéndote sentimientos a través de millones y millones de interruptores que
se encienden y se apagan al ritmo de lo que yo pienso para vos.
Cierro los ojos y veo un firmamento interminable,
poblado de estrellas apiñadas que titilan sin cesar con la luz y la vida que puedan darle
estos borbotones de ideas. Y no me importa si se llaman bits, si agrupados forman bytes, o
si responden a la fría acción de un circuito impreso por el que pasa corriente
eléctrica cada vez que aprieto una tecla.
Yo veo en ese firmamento mucha más vida que
voltaje; veo más espíritu que chips; veo una prueba más de las infinitas posibilidades
que se ofrecen a la inteligencia humana cuando se orienta al progreso y al bien. Veo a
esos millones de lucecitas como naves secretas, misteriosas, en las que hoy viaja mi
mensaje hasta tu corazón.
Y entonces se me ocurrió pensar que este conjunto
de circuitos impresos, teclas y contactos que se abren o se cierran, no pueden hacerme
daño, si yo no quiero; no pueden perjudicarte, si vos no querés. Tampoco tienen vida si
un ser humano no se la regala. Son nada más que una elección, una posibilidad. Como un
piano espera silencioso que alguien le arranque los mejores sonidos; como un pincel
aguarda paciente al artista que lo llevará de paseo por la tela en blanco trazando los
perfiles de un cuadro singular, yo encontré hoy mi máquina. Estaba apagada y quieta.
Resignada al designio humano. Era un desafío y sin embargo nada podría hacer por sí
misma. Sólo tendría la vida que yo fuera capaz de darle.
Volqué en ella un pedacito de mí y a los pocos
minutos volví a ver desde mi corazón ese firmamento fantástico de millones de
estrellitas titilantes que transportaban mi mensaje de amistad, a través de un cable
telefónico, hasta los mailbox de unos cuantos amigos que no puedo ver, muchos de
los cuales nunca escucharán mi voz, pero que esta noche, en sus pantallas, no verán
bits, no verán chips; encontrarán sentimientos de amistad codificados en letras que se
trazan con puntitos de luz. Comprobarán que la vida se intensifica a partir de la vida.
Porque detrás de cada tecla, detrás de cada
comando, extendiendo una alfombra roja para recibir con honores la humanidad que le falta,
está el ingenio y todo el AMOR entregado por los que inventaron esta máquina.
Y hoy depende de mí, sólo de mí, que la vida que
yo le doy valga la pena.
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