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Me llovía encima como si yo fuera el viejo Noé y
mi bicicleta, recién aceitada, un arca imaginaria que debía salvarme del desastre. Pero
yo no quería que me salvara. Todos amábamos aquel diluvio. ¿Podés imaginarte una
diversión mejor? Un largo camino de tierra entre dos campos interminables que se
amamantaban del cielo, y nosotros, ciclistas apasionados, avanzando bajo una lluvia
torrencial.
Parado sobre los pedales para
mantener el equilibrio, el agua me chorreaba por todas partes. Mis compañeros, atrás y
adelante, compitiendo por no caerse y, casi sin darnos cuenta, ellos y yo tratando de ver
quién era más feliz.
De pronto, ¡zas!, uno al suelo.
Y los demás no podíamos seguir de tanta risa. Entonces girábamos alrededor del caído
para festejar mejor, gritando a voz en cuello la alegría de aquella tarde.
A todos nos tocó el turno de
revolcarnos una y otra vez en el barro. Y cuando conseguíamos que amainara un poco la
risa, continuábamos con más fuerzas en medio de aquella líquida cortina de vida. Pero a
mí me gustaba quedarme unos instantes acodado en la blandura del camino, disfrutando
intensamente mientras las ruedas de mi bicicleta giraban locas reflejándose en los
charcos.
Veinte kilómetros para llegar a
casa. Habíamos salido en una hermosa mañana de sol. Todo el día resultó divertido.
Pero el momento que se volvió eterno, sin embargo, fue ese regreso impredecible. Una
mezcla húmeda de asombro y deslumbramiento embelleció unas horas que nunca serán
pasado; porque descubrí que mis amigos y yo éramos una sola cosa con el agua y con la
tierra, con el pasto y con el cielo. Pura alegría.
Todavía siento aquella extraña
y saludable sensación de abrazarme con el Universo. Cada vez que toco mi vieja bicicleta,
me doy cuenta de que estoy chapoteando carcajadas. Y me parece que eso pasa porque aquella
tarde gloriosa todos estuvimos mucho más despiertos de veras; más conscientes de lo que
significa, realmente, vivir.
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