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Me parece que ya estoy viendo en el cielo de esta
noche esos derrames de luz que estallan en un abanico de colores. Creo que oigo ese sonido
a fiesta que entonan las copas al chocarse.
Esta noche es Nochebuena. Toda la familia vendrá a
mi casa y la abuela estará muy contenta aunque manchemos su mantel de encaje blanco. Las
luces del arbolito titilarán esperanzas y emociones en los caras de los tíos.
Papá y mamá olvidarán mis travesuras y
cada uno descolgará su regalito después de comer hasta la última garrapiñada. ¡Y mi
padrino! Él traerá las bengalas que iluminan mi entusiasmo, encerradas en esa caja de
sorpresas que es él mismo.
Pensando en todo eso, me imagino al amor como si
fuera un hechizo; un fluido mágico que pudiera llegar, sólo por hoy, hasta el último
rincón del Universo detenido a contemplar el milagro.
Te juro que ya siento los abrazos y los besos, las
promesas, los perdones. Los mejores gestos, las sonrisas más brillantes se vienen
asomando por detrás de la espuma efervescente del encuentro.
Esta noche es Nochebuena. Y yo me pregunto, desde
hace siglos, si es cierto que tenemos que aguardar a que llegue y si es necesaria la hora
exacta para encender esas luces y hacer vibrar el corazón al compás del tintineo de
estas copas.
¿Por qué Nochebuena no es siempre?
¿Quién dijo cuál es el día en que los
sentimientos deben expresarse? ¿Dónde está el reloj que nos marca los tiempos de
querer?
De cualquier manera, hoy celebraremos la Nochebuena;
y cuando llegue, vos y yo no podremos reunirnos.
¿No podremos? ¿Con qué unidad de medida se
establecen las distancias? ¿Cuánto dura un recuerdo imborrable? ¿Cuándo se agota la
posibilidad de recibir y de entregar? ¿Por qué los buenos deseos tienen que economizar
los días?
Yo creo que sólo está ausente lo que para nosotros
no existe. Nadie más que los que olvidan pueden respirar lejanía. Ellos tienen soledad y
frío. A mí me parece que cada minuto de cada día puede ser Nochebuena y señalar el
instante preciso para que alguien como vos sepa cuánto significa para mí. Y yo te
recuerdo.
¿Dónde estaré, entonces, en esta Nochebuena?
Seguramente, en todos aquellos lugares en que alguno de los seres que quiero de veras
tenga un mensaje para mí. No importarán las coordenadas convencionales al brindar o
elevar una plegaria.
Por todas estas preguntas y por todas las
respuestas, en cada una de las copas que yo levante para desear felicidad, amor y paz, una
burbuja cualquiera llevará tu nombre y simplemente le diré, con un silencio chiquito
escondido detrás del enorme bullicio de esta noche, ¡Feliz Navidad!
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