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¡Hola!, ¿cómo estás?
No voy a decirte quién soy, para ver si es
posible que al final de esta página descubras que entre vos y yo hay la misma diferencia
que distingue dos días de sol, nada más: sólo ese misterio tan hermoso con sonido a
gramática, del presente en singular.
Tampoco te pregunto quién sos. Sos uno de
los que cada día me rodean. Sé que estás allí, aquí, en este ahora que me comunica
con vos. En mi ayer y en mi mañana. Estás delante de cada pensamiento que se convierte
en palabras. Vos inspirás los gestos de vida que ensayo desde adentro de este guardapolvo
blanco, símbolo de la pureza con que quiero mirarte.
Te adivino el alma porque nada de la escuela
me resulta extraño. Te conocí en un recreo eterno de sueños. Tomé tizas indelebles y
anoté en mi corazón un resumen de tus sentimientos. Hilé con tus fantasías una
ilusión nueva cada día y acabé por aprender la primera lección que debí saber.
Repasé mis apuntes todas las noches
recordando tus ojos inquietos; tu sonrisa clara; tu curiosidad haciéndome escuchar el
tañido de una campana que llamaba a crecer. Y crecí.
Es que yo fui un chico, ¿sabés? Me puse
miles de veces en las filas esperanzadas mirando hacia el mañana y tomé distancias para
estar siempre cerca de vos. Entré en el aula respirando preguntas y me quedé a vivir
allí, porque el asombro no se terminaba nunca. Todo era Hoy.
Tuve que rendir un examen cada día y no
estaba muy bien preparado. Siempre sabía, apenas, un poquito más. Los libros volcaban
desde sus páginas la respuesta elemental. Pero había un saber distinto que brotaba de
aquella vida compartida.
Raspones en las rodillas dibujados por el
patio de cemento y esas carreras desenfrenadas contra el viento del hastío se mezclaron
con la sonrisa del primer amigo. Yo también jugué a la pelota hasta que terminó el
segundo tiempo. Entonces todos tuvimos que lustrar los zapatos y peinarnos un poco. Nos
pegaron etiquetas nuevas en las tapas de la carpeta y llegó el momento de hacer silencio.
Y cuando mamá se alejaba de a poquito por
el portón de la escuela, abrí el cuaderno de deberes y dibujé hojas y hojas que ningún
otoño logrará marchitar, porque todavía me veo cada vez que te miro, porque todavía me
confundo tu risa con la mía; porque nuestra búsqueda incesante se parece y sólo me
siento seguro cuando tu voz suena tranquila.
Hoy ya no sé quién es el que aprende.
¿Los dos?
Me olvidé la acentuación que se le pone a
las distancias y nadie puede decirme por qué, pero me gusta que me enseñes tus
lecciones. Después de haber crecido, o tal vez por eso, me di cuenta de que ESCUELA se
escribe con E de encuentro, S de siempre, C de calor,
U de unión, E de ejemplo, L de luz y A de amor.
A veces, cuando estás muy distraído
haciendo las multiplicaciones que puse en el pizarrón, me parece que es a mí que se me
mueven los dedos contando las decenas que me llevo. Y al final, caigo en la cuenta de que vos-alumno,
sos yo-maestro, nada más que en otro tiempo de verbo.
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