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Me voy hasta el claro
de algún bosque espeso que jamás haya sido dañado. Acompañame, si querés. Caminemos
juntos a orillas de este río transparente hasta una pradera donde retocen los venados sin
temor y los caballos salvajes no teman a los hombres. ¿Escuchás el murmullo del agua y
la canción eterna del viento que festeja la vida?
En este lugar quiero que conozcas a un amigo mío.
El prefiere el grito de una garza; se queda con la frescura del
bosque y le gusta saborear el aire dulcificado por las flores. Sólo por eso te dije que
me encantaría ser yo también un piel roja como él. ¿Te lo presento? Es el gran jefe
Seattle de la tribu Suwamish, cuyos territorios forman actualmente el estado de
Washington.
Ya supongo tu pregunta: ¿querés saber si Seattle vive todavía?
Mirá... yo creo que sí. Me parece que está vivo cada vez que
las ranas discuten de noche alrededor de la laguna y cuando un rayo de luz hace guiños
entre las hojas. Creo que se pasea entre los árboles a cada rato, acaricia los campos y
escucha muy atento las voces de su río. Lo veo conversando con el agua, con la tierra y
con el viento que respira. Siento que perdura en el recuerdo de quienes alguna vez pudimos
leer una carta suya.
Bueno, te sorprendí otra vez, ¿verdad? Sí, leíste bien. Tengo
una carta de mi amigo Seattle. Es bastante larga pero la leo a cada rato. Claro que no la
escribió para mí. ¿O sí?
La historia es ésta: en 1855, el gobierno de los Estados Unidos
había hecho a los Suwamish una oferta para comprarles sus tierras. Entonces, mi amigo el
piel roja, gran jefe de la tribu, envió esa carta al presidente norteamericano Franklin
Pierce (1804-1869), para responder a la propuesta. Pero el pensamiento del cacique
también quedó escrito para todos aquellos que sean capaces de correr detrás del
horizonte a buscar paisajes nuevos. Por eso presiento que la carta es tuya y es mía.
Te la dejo de regalo, para que sepas por qué sigue viviendo este
piel roja de corazón grande y salvaje. Y mientras vos leés, oigo un murmullo lejano de
aguas cristalinas que me invitan a conocer y respetar mejor la vida, porque la amo.
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