Era una mañana fresquita y celeste cuando decidí
ir a visitar a mi amiga Alejandra. Entonces me dirigí hacia la esquina de casa y esperé
el colectivo durante un rato.
En aquella parada todo transcurría siempre igual:
los automovilistas manejaban sin reparar en el color de los árboles, la gente caminaba
sin enterarse del crecimiento de las flores y yo me desilusionaba una vez más por no
encontrar sonrisas disponibles.
Con esa sensación entre melancólica y acostumbrada
subí al cole, saqué boleto y me senté del lado de la ventanilla.
Desde mi lugar enumeré carteles publicitarios,
mamás que iban de compras y chiquitos de jardín de infantes jugando en la plaza.
De pronto, en una de las tantas veces que el
vehículo se detuvo, ascendió una personita que nunca se borrará de mi memoria. No sé
su nombre ni su edad exacta.
No lograría describir su vestimenta y tampoco
averigüé sus proyectos. Sólo puedo asegurarte algo: tenía la mirada más abierta,
curiosa, tierna y transparente que yo vi en toda mi vida.
La transparencia que menciono no se refiere a un
tono claro de ojos, sino a la inmensidad de estrellas que se observaban a través de
ellos.
Allí estaban los sueños, las ganas, las
travesuras, las preguntas... ¡Todo aquel niño era hermoso!
Hermoso aun sin recordar su cabello ni sus manos;
auténticamente hermoso, porque cuanto él observaba era transformado, como por arte de
magia, en algo único y brillante. Varias veces escuché la frase "los ojos son el
espejo del alma" y no comprendía su significado. Ahora creo entenderlo: esas dos
maravillas, húmedos habitantes de nuestra cara, no son simples adornos que nos muestran
caminos externos.
Son, sobre todas las demás funciones, la
herramienta más eficaz y directa para expresar los senderos de adentro. Los ojos del
niño que describo proyectan amor, paz y satisfacción; como en otro momento, seguramente,
dejarían advertir algún enojo o tristeza. Ellos abrían la puerta de la imaginación
para impulsar el vuelo de las gaviotas y la danza del mar.
Y yo, que hasta entonces había sostenido que la
belleza se traducía con exclusividad en un par de ojazos azules, aprendí un nuevo
secreto: el encanto no se halla calificándolos, sino contemplando y comprendiendo las
miradas que en ellos anidan. |