Una Ventana a la Vida

Prólogo de Syria Poletti | Índice de esta sección

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Esos ojos mágicos que vuelcan
la vida sobre las cosas que miran

© Gabriela Losavio

Era una mañana fresquita y celeste cuando decidí ir a visitar a mi amiga Alejandra. Entonces me dirigí hacia la esquina de casa y esperé el colectivo durante un rato.

En aquella parada todo transcurría siempre igual: los automovilistas manejaban sin reparar en el color de los árboles, la gente caminaba sin enterarse del crecimiento de las flores y yo me desilusionaba una vez más por no encontrar sonrisas disponibles.

Con esa sensación entre melancólica y acostumbrada subí al cole, saqué boleto y me senté del lado de la ventanilla.

Desde mi lugar enumeré carteles publicitarios, mamás que iban de compras y chiquitos de jardín de infantes jugando en la plaza.

De pronto, en una de las tantas veces que el vehículo se detuvo, ascendió una personita que nunca se borrará de mi memoria. No sé su nombre ni su edad exacta.

No lograría describir su vestimenta y tampoco averigüé sus proyectos. Sólo puedo asegurarte algo: tenía la mirada más abierta, curiosa, tierna y transparente que yo vi en toda mi vida.

La transparencia que menciono no se refiere a un tono claro de ojos, sino a la inmensidad de estrellas que se observaban a través de ellos.

Allí estaban los sueños, las ganas, las travesuras, las preguntas... ¡Todo aquel niño era hermoso!

Hermoso aun sin recordar su cabello ni sus manos; auténticamente hermoso, porque cuanto él observaba era transformado, como por arte de magia, en algo único y brillante. Varias veces escuché la frase "los ojos son el espejo del alma" y no comprendía su significado. Ahora creo entenderlo: esas dos maravillas, húmedos habitantes de nuestra cara, no son simples adornos que nos muestran caminos externos.

Son, sobre todas las demás funciones, la herramienta más eficaz y directa para expresar los senderos de adentro. Los ojos del niño que describo proyectan amor, paz y satisfacción; como en otro momento, seguramente, dejarían advertir algún enojo o tristeza. Ellos abrían la puerta de la imaginación para impulsar el vuelo de las gaviotas y la danza del mar.

Y yo, que hasta entonces había sostenido que la belleza se traducía con exclusividad en un par de ojazos azules, aprendí un nuevo secreto: el encanto no se halla calificándolos, sino contemplando y comprendiendo las miradas que en ellos anidan.


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