Observaba el papel en blanco que me invitaba a
zambullirme para llenarlo de olitas y acercarme a vos.
De pronto, miré este cuarto colmado de cosas
queridas, latiendo con recuerdos y proyectos, tan compinche y tan rosado.
Entonces me pregunté: ¿en qué capullo brota la
sensación de que este sitio me pertenece; de que cada muñeco y libro y poster es una
parte de mi vida? ¿Dónde comienza esta onda que rebota entre los almohadones y el
grabador para pasar frente al espejo e instalarse en mis bolsillos?
No podía responderlo.
Sin perder tiempo lo comenté con Fabio, quien me
acercó un secreto del que creía ser único protagonista.
"Yo también siento algo parecido -dijo-, pero
no es en la habitación sino en la buhardilla de la casa de la abuela. Ahí duerme mi bici
porque en el departamento no hay espacio. Cuando voy a buscarla por las mañanas me parece
que una brisa tibia y crujiente me hace flotar sobre espuma. No sé, es extraño, te
aseguro que me quedaría durante horas".
Claro, después él mismo agregó que en ese
"escondite" estaban sus revistas de historietas, la maqueta del bosque
encantado, las témperas más coloridas del mundo y unas fotos divertidísimas de la
familia.
Así fue como mi curiosidad encontró ciertas
explicaciones: los lugares que amamos, ésos en los que atesoramos
"chucherías", diarios íntimos y muchos sueños, van recibiendo día tras día
nuestro rocío de adentro.
Allí queda el aroma que nos identifica, las
lágrimas de los instantes nublados, los rayitos de sol que nacen en las sonrisas. Sobre
la mesa de luz nos esperan las imágenes que despedimos cada noche antes de dormirnos y
entre las cortinas, la última canción que susurramos.
A veces, el "lugar" está en el rincón de
la plaza donde derivamos charlas de amigos y pic-nics domingueros; en una calle cortada en
la que recuperamos tardes de otoño y confesiones de invierno; en cada porción de tierra
donde aflojamos los hombros y liberamos abrazos.
Creo que necesitaría muchas frases y plumas para
describir este misterio. Pero hay algo que es más fuerte que las ganas de ordenar
palabras; es el deseo gigante de que percibas Tu Lugar y lo disfrutes. ¿Mi último
descubrimiento? Uno mismo es el creador de la brisa tibia de los lugares. |