Una Ventana a la Vida

Prólogo de Syria Poletti | Índice de esta sección

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Verdades esenciales que sólo se ven con los ojos

© Gabriela Losavio

Tenía diez u once años y era toda, toda redondita. Mi cabeza lucía una invasión de rulos y la cara estaba pobladísima de pecas café con leche. El tío Fito me llamaba Pastelito, apodo que me gustaba de a ratos.

En aquel tiempo ya sabía de la alegría compartida con amigos y de las broncas golpeadas sobre almohadones. Aprendía inglés y guitarra; me enchinchaban sobremanera las clases de gimnasia y los mapas con tinta china.

En las cenas de miércoles o jueves -los recuerdos no se interesan por horarios- reíamos a carcajadas con mamá, papá y mi hermano, mientras gozábamos con la recién estrenada Pantera Rosa.

Mi madrina cumplía su promesa de regalarme zapatos blancos en todos los cumpleaños y me sacaba algún otro antojo, como aquel casi obsesivo de los zuequitos con plataforma.

Pasaban las estaciones y los guardapolvos...

Empecé a vivir en cada poro la angustia de sentirme gorda, de dejar la ropa nueva porque ya no me entraba, de creerme desagradable y aislada.

Había instantes en los que no quería que me descubrieran con la apariencia obligada de joggins o mallas. No toleraba mirarme. Me rechazaba.

Fue entonces cuando conocía ese librito mágico tan recomendado por la señorita Marta: El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, me regaló una frase que revoloteó durante largas noches entre mi flequillito estirado con rulero.

Él aseguraba: "Sólo se ve bien con el corazón"; y como si este secreto increíble fuera poco, además agregaba: "Lo esencial es invisible a los ojos".

Así se inició mi búsqueda. La búsqueda inacabable de cosas que demostraran aquella verdad.

¿Los resultados? ¡Estaban por todas partes! La paz, la felicidad, el amor, la amistad, la esperanza, las ganas, todos ellos eran ejemplos claros donde encontrar la idea del Principito.

La trasladé al espejo y allí también pude comprobar lo esencial. Eran mi mirada de mariposas libres y las manos abiertas dispuestas a mil caricias. Era todo lo que no se reflejaba pero latía humedeciendo los "adentros". ¡Era YO! La indescriptible multitud de sensaciones que encierro, la posibilidad de CRECER en cada sílaba y en cada silencio.

Hoy tengo algunos años más. Las formas de mi afuera cambiaron. Las pecas no se ven hasta el verano, cuando el Sol las despierta para invitarlas a pasear sobre los cachetes. Tengo amigos nuevos, otros que perduran; continúo eligiendo los zuequitos y las cenas familiares.

No me canso de agradecer a la señorita Marta tanto amor y paciencia, y aún mantengo aquel libro-mensaje como gran iluminador de oscuridades.

Quise contarte mi experiencia porque sé que vos también tenés horas con agujeritos y tal vez puedan servirte las lágrimas que yo lloré y los caramelos que te convido. Quise contártelo porque te quiero. Como estoy segura de querer a todos los que se preguntan de tiempo en tiempo, sobre lo invisible-esencial.


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