Tenía diez u once años y era toda, toda redondita.
Mi cabeza lucía una invasión de rulos y la cara estaba pobladísima de pecas café con
leche. El tío Fito me llamaba Pastelito, apodo que me gustaba de a ratos.
En aquel tiempo ya sabía de la alegría compartida
con amigos y de las broncas golpeadas sobre almohadones. Aprendía inglés y guitarra; me
enchinchaban sobremanera las clases de gimnasia y los mapas con tinta china.
En las cenas de miércoles o jueves -los recuerdos
no se interesan por horarios- reíamos a carcajadas con mamá, papá y mi hermano,
mientras gozábamos con la recién estrenada Pantera Rosa.
Mi madrina cumplía su promesa de regalarme zapatos
blancos en todos los cumpleaños y me sacaba algún otro antojo, como aquel casi obsesivo
de los zuequitos con plataforma.
Pasaban las estaciones y los guardapolvos...
Empecé a vivir en cada poro la angustia de sentirme
gorda, de dejar la ropa nueva porque ya no me entraba, de creerme desagradable y aislada.
Había instantes en los que no quería que me
descubrieran con la apariencia obligada de joggins o mallas. No toleraba mirarme. Me
rechazaba.
Fue entonces cuando conocía ese librito mágico tan
recomendado por la señorita Marta: El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, me
regaló una frase que revoloteó durante largas noches entre mi flequillito estirado con
rulero.
Él aseguraba: "Sólo se ve bien con el
corazón"; y como si este secreto increíble fuera poco, además agregaba: "Lo
esencial es invisible a los ojos".
Así se inició mi búsqueda. La búsqueda
inacabable de cosas que demostraran aquella verdad.
¿Los resultados? ¡Estaban por todas partes! La
paz, la felicidad, el amor, la amistad, la esperanza, las ganas, todos ellos eran ejemplos
claros donde encontrar la idea del Principito.
La trasladé al espejo y allí también pude
comprobar lo esencial. Eran mi mirada de mariposas libres y las manos abiertas dispuestas
a mil caricias. Era todo lo que no se reflejaba pero latía humedeciendo los
"adentros". ¡Era YO! La indescriptible multitud de sensaciones que encierro, la
posibilidad de CRECER en cada sílaba y en cada silencio.
Hoy tengo algunos años más. Las formas de mi
afuera cambiaron. Las pecas no se ven hasta el verano, cuando el Sol las despierta para
invitarlas a pasear sobre los cachetes. Tengo amigos nuevos, otros que perduran; continúo
eligiendo los zuequitos y las cenas familiares.
No me canso de agradecer a la señorita Marta tanto
amor y paciencia, y aún mantengo aquel libro-mensaje como gran iluminador de oscuridades.
Quise contarte mi experiencia porque sé que vos
también tenés horas con agujeritos y tal vez puedan servirte las lágrimas que yo lloré
y los caramelos que te convido. Quise contártelo porque te quiero. Como estoy segura de
querer a todos los que se preguntan de tiempo en tiempo, sobre lo invisible-esencial. |