Una Ventana a la Vida

Prólogo de Syria Poletti | Índice de esta sección

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Imágenes queridas del mundo del corazón

© Gabriela Losavio

Subí las escaleras de a dos escalones por paso con apuro de conejito escurridizo.

Tenía muchísimas ganas de llegar a mi habitación para inventar algún pase mágico que le diera sentido especial a aquella tarde calurosa.

Una vez que estuve allí, me acomodé sobre el piso frente a las puertas del mueble de caña y, dos segundos antes de abrirlo, intuí que sucederían cosas para compartir con vos.

Saqué una caja grandota apretujada con piolines y comencé ahí nomás la expedición a mis recuerdos.

Leí cartas recopiladoras de confesiones urgentes, pasé lista a mis compañeritos de cuarto grado que me miraban desde una foto y me reuní con souvenirs, figuritas de Disney, tarjetas, silbatos y cien chucherías que bañaron mi piel con pompones de humito perfumado.

Pero una pelotita grisácea y diminuta, que en cierta ocasión había oficiado de goma de borrar, fue la que trajo a mi memoria el cofre repleto de los tesoros más vivos.

Porque ella mantenía el olor de mis seis años estrenados con letras redondas que intentaban incorporarse al cuaderno, y recuperaba en ese instante cada moño borroneado de los dibujos porque "no me salen, señorita".

Ella recontaba los números en mis dedos hasta que la suma daba el resultado correcto y me acompañaba al recreo para ser estrujada contra una pared que le devolvía el color original arrugándola un poquito.

Esa goma había moldeado un sol radiante y tres árboles enanos que lograron un felicitado en rojo; era la aurora de las flores que brotaban borrando con cuidado la hoja que antes sombreaba el lápiz negro.

Era la estrella admirada y "envidiada" de mi cartuchera siempre incompleta. Sus servicios fueron requeridos por todos los chicos del curso hasta que anuncié que "no la presto más porque se me está quedando chiquitita".

Ninguna otra podía reemplazarla; era única, blandita, la mejor. Yo le pedía que no se perdiera reiterándole mi amor y preferencia en todas las intentonas de desaparecer.

Reencontrarme con ella me produjo una ternura infinita. Volví al pizarrón para improvisar con tizas de colores una frase rimbombante dedicada al Día del Maestro. Sentí el orgullo latente escoltando a la bandera izada "por las de séptimo"; en fin, todo el mundito visitado en otra etapa se mezclaba con mi presente para resurgir imágenes muy queridas.

Había sido sumamente gratificante reunirme con dichas sensaciones; pero lo que más me emocionó de aquel paseo fue comprobar la inmensidad que anida dentro de las pequeñas cosas que nos rozaron en algún tiempo.


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Editada en Buenos Aires - Argentina