Subí las escaleras de a dos escalones por paso con
apuro de conejito escurridizo.
Tenía muchísimas ganas de llegar a mi habitación
para inventar algún pase mágico que le diera sentido especial a aquella tarde calurosa.
Una vez que estuve allí, me acomodé sobre el piso
frente a las puertas del mueble de caña y, dos segundos antes de abrirlo, intuí que
sucederían cosas para compartir con vos.
Saqué una caja grandota apretujada con piolines y
comencé ahí nomás la expedición a mis recuerdos.
Leí cartas recopiladoras de confesiones urgentes,
pasé lista a mis compañeritos de cuarto grado que me miraban desde una foto y me reuní
con souvenirs, figuritas de Disney, tarjetas, silbatos y cien chucherías que bañaron mi
piel con pompones de humito perfumado.
Pero una pelotita grisácea y diminuta, que en
cierta ocasión había oficiado de goma de borrar, fue la que trajo a mi memoria el cofre
repleto de los tesoros más vivos.
Porque ella mantenía el olor de mis seis años
estrenados con letras redondas que intentaban incorporarse al cuaderno, y recuperaba en
ese instante cada moño borroneado de los dibujos porque "no me salen,
señorita".
Ella recontaba los números en mis dedos hasta que
la suma daba el resultado correcto y me acompañaba al recreo para ser estrujada contra
una pared que le devolvía el color original arrugándola un poquito.
Esa goma había moldeado un sol radiante y tres
árboles enanos que lograron un felicitado en rojo; era la aurora de las flores que
brotaban borrando con cuidado la hoja que antes sombreaba el lápiz negro.
Era la estrella admirada y "envidiada" de
mi cartuchera siempre incompleta. Sus servicios fueron requeridos por todos los chicos del
curso hasta que anuncié que "no la presto más porque se me está quedando
chiquitita".
Ninguna otra podía reemplazarla; era única,
blandita, la mejor. Yo le pedía que no se perdiera reiterándole mi amor y preferencia en
todas las intentonas de desaparecer.
Reencontrarme con ella me produjo una ternura
infinita. Volví al pizarrón para improvisar con tizas de colores una frase rimbombante
dedicada al Día del Maestro. Sentí el orgullo latente escoltando a la bandera izada
"por las de séptimo"; en fin, todo el mundito visitado en otra etapa se
mezclaba con mi presente para resurgir imágenes muy queridas.
Había sido sumamente gratificante reunirme con
dichas sensaciones; pero lo que más me emocionó de aquel paseo fue comprobar la
inmensidad que anida dentro de las pequeñas cosas que nos rozaron en algún tiempo. |