| Syria Poletti
falleció pocos días antes de la presentación de "Una Ventana a la Vida" en la
Feria del Libro, en abril de 1991.
Había prometido estar en el acto, pero se cumplió el vaticinio del último párrafo de
éste, uno de sus últimos escritos: "Por eso ahora yo desaparezco; vuelvo a mi
tren...". |
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Cuando yo era chica, vivía cerca de la estación ferroviaria y todas las
tardes me asomaba a la ventana para ver pasar el tren y viajar con la fantasía hacia
países fascinantes. Allí me encontraba con personajes distintos con los que vivía mis
propios sueños. Era el momento más esperado del día: el tren me proyectaba hacia el
futuro y también hacia otros presentes, aquellos que mi corazón anhelaba. Luego,
furtivamente, llegaba también el pasado.
Todavía hoy extraño esa ventana, ese tren, esa
hora que me permitía imaginar un mundo más amable cuando yo aún no sabía explicarme
todo lo que pasaba en mí. Y la vida era un misterio que me causaba inquietud.
Tal vez por eso hoy yo sigo apostada a "Una
ventana a la vida", la sección que aparece los domingos en el Suplemento Infantil de
"La Nación" y que ahora, por arte de encantamiento, toma la forma de libro.
Dicen que es un libro para los chicos, pero no
importa. Cuando uno entra en el marco encantado de esa ventana, vuelve a tener nueve,
diez, once, doce años, pero también todos los años acumulados con la experiencia.
Porque los que inventaron y escriben estas páginas
tienen el sortilegio de convertir las edades en una sola gran edad: la del fervor por la
vida. Con su mochila llena de palabras pasan por el túnel del tiempo y al salir a la luz
traen la vibración del pasado, el ansia del futuro y la confianza en el presente. Por eso
escriben con el asombro, con el candor, la frescura de los chicos. Y de pronto se
descuelgan con la sabiduría de los filósofos, con el lirismo de los poetas, con la
ternura de las madres y el desvelo de quienes, con sólo mirar los ojos de un niño,
sienten que el corazón se empina hacia la esperanza.
Todos los domingos yo asciendo al tren que pasa ante
mí por la "ventana" del "Suple". Y a partir de sus líneas, se abre
para mis ojos un universos luminoso, celeste, radiante, lleno de alas, de espacios verdes,
de colores que impulsan a ascender, que iluminan panoramas desteñidos. Y descubro, o
descubrimos, rincones, seres, cosas en los que no habíamos reparado. Y sentimos la
radiación del sol aunque llueva.
Y ¡vaya sorpresa! Desde esta ventana uno encuentra
también el hilo conductor para penetrar en el mundo de adentro, el de los sentimientos,
el de los escondites que cada uno guarda calladamente, por pudor, o porque no sabe todo lo
que valen.
"Una ventana a la vida" se mete en todos
los temas porque sabe que desde ese rectángulo móvil se puede "pintar las horas que
los relojes ignoran; hallar los filamentos invisibles que nos conectan con nuestra propia
estrella; penetrar en los milagros que se producen detrás de las gotas de lluvia;
reencontrar los pinceles que permiten dibujar soles; dar con la mano que nos ayuda a
transitar por calles oscuras; descubrir los semáforos ocultos; escuchar la campanilla que
anuncia la llegada de una poesía; llegar a las fuentes secretas en las que nacen los
proyectos para ser uno mismo". En fin, una invitación a descubrir nuestro ritmo,
nuestra música interna, nuestra ternura, para acercarnos con más claridad al misterio
del amor.
Y así como yo me doy cuenta que de tanto asomarme a
la magia de una ventana trazada con palabras, con libros, se me borraron los años y tengo
nuevamente diez o doce y ganas de trepar a un árbol, también ustedes descubrirán que de
tanto identificarse con este mensaje poético entraron de golpe, como por un tobogán, en
los vericuetos de la vida adulta.
Y descubrimos que nos hemos llenado el alma de ese
celeste infinito, de ese celeste luminoso donde flamean el amor y la libertad.
Pero... ¿quién escribe "Una ventana a la
vida"? ¿Una paloma, un ángel, un sabio, el alma de una madre convertida en
mariposa? NO. La escriben tres duendes con alas, con antenas, con pilas como aquellas de
los bichitos de luz, con polos positivos. Tienen la gracia de los "escritores
bajitos", pero un poquito crecidos, porque ya son periodistas, sólo que nacieron con
la condición de heraldos, de trovadores, de señaleros, de luciérnagas. Son Verónica,
Gabriela y Carlos: poseen una varita satélite que les permite establecer un contacto
directo con chicos y con grandes.
Saben escribir verdades pero emplean las antenas de
una mariposa.
A mí me hubiese gustado escribir un cuento con la
historia de tres heraldos ángeles que un día decidieron bajar a la tierra para difundir
buenas ondas con equipo de periodistas. Pero San Pedro, que lee todos los diarios del
Universo, no los dejó salir de la órbita del Cielo porque está convencido que el
periodismo no es tan bueno como parece. "El periodismo hace mucho daño",
dijeron los hombres de ciencia del Cielo reunidos en asamblea cósmica.
Pero Gabriela, Carlos y Verónica emitían tanta luz
desde sus grandes ojos asombrados que, finalmente, la asamblea del Cielo les permitió
bajar y al rato de andar y de ver, los tres se instalaron con su lupa en esta
ventana-libro para anunciar el buen tiempo, el tiempo de crecer, que es inolvidable. Y
darnos la mano para transitar juntos por donde hay baches.
Por eso ahora yo desaparezco, vuelvo a mi tren, al
que siempre me espera con algo nuevo, y los dejo con ellos: Carlos, Verónica y Gabriela,
que no se sabe bien cuántos años tienen, porque tienen la edad de la poesía.
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