____________________________________________
Una basurita se había instalado en mi alma. Así,
de repente, sin haber sido invitada. Nubarrones grises poblaron mis ojos, que estaban a
punto de echarse a llover.
Le dije que se fuera, que no la quería, pero ella,
sorda, permanecía inmóvil.
¿Sabés que hice entonces? Me refugié en el
chupete electrónico. Allí estaba tranquila -¿tranquila?-. Una telenovela borró mi
tristeza para dar paso a los dramones ajenos de la pobre y sufrida protagonista. Mi
actitud fue similar a la de una ama de casa descuidada que barre las hojas del jardín y
olvida recogerlas. Entonces un viento fuerte las desparrama nuevamente y al día siguiente
el parque continúa sucio.
Lo mismo sucedió conmigo. Cuando apagué la tele,
la basurita continuaba muy campante.
Ya en mi habitación, sobre la mesita de luz, un
libro me llamó desde sus páginas. Lo abrí al azar -¿al azar?- y leí:
"Hablaban dos ostras, y una dijo:
- Siento dentro de mí un dolor intenso, pesado y
redondo... me hiere, me lastima profundamente.
La otra ostra, con arrogante satisfacción,
contestó:
- Loados sean el cielo y el mar. Yo no sufro
dolor ni alteración alguna en mi interior. Me siento perfectamente bien, sin heridas por
dentro ni por fuera.
Entonces, un cangrejo que las había escuchado,
dijo a la segunda ostra:
- Te sientes perfectamente bien y sin heridas,
sí, pero, ¿sabes?, el dolor que tu hermana soporta es una perla de inimitable
belleza".
Khalil Gibran, ese sabio poeta y filósofo, por un
momento y a través de sus palabras simples, pero plenas de contenido, había encendido
una luz en aquella tormentosa noche de otoño.
La basurita continuaba sentada en mi alma, es
cierto, pero esta vez, a la espera de convertirse en una perla preciosa. Todo dependía de
mí. Solamente de mí.
____________________________________________
|