Era bajita, rizos traviesos resbalaban como por un
tobogán hasta posarse entre los ojazos transparentes que miraban sin ver.
Andar inquieto, huidizo. ¿Qué tenía de especial?
Vestía jeans, zapatillas protestonas que reclamaban un descanso, remera del color del
cielo y listo; nada deslumbrante; nada que la destacara por sobre el tumulto de andariegos
rutinarios, agobiados por el día laborable que nacía.
Pero... ¿qué tenía de especial? Esta vez se me
escapó el pensamiento en voz alta para posarse en los oídos aún dormidos del señor de
ceñudos bigotes. Ella caminaba y, a su paso, encendía sonrisas en los rostros envueltos
en la sombra de la preocupación. Un caballero acartonado desarmó su armadura para
contemplar aquella extraña visión. Los anteojitos de una dama copetuda descendieron
hasta la puerta de la nariz al contemplar azorados tan inusual escena.
¡Eso era! ¡Lo descubrí finalmente! ¡Aquella
presencia que parecía venir de algún remoto planeta estaba cantando! Tarareaba una
melodía con un ritmo acompasado. Había cometido la locura de entonarla de viva voz,
saludando a la mañana, a los transeúntes somnolientos, al asfalto agobiado por tantos
pies presurosos, al Sol, a la VIDA. ¡Estaba contenta, a las siete de la mañana de un
lunes de otoño en la calle Florida en la ciudad de Buenos Aires! Estaba feliz. ¡Qué
osadía!
Entonces me vi: los ojos achinados por sueño, el
guardapolvo límpido, sin arrugas, pero muy enojado por el gesto adusto con que los había
saludado aquel día. Estaba caminando, sí, rumbo al colegio, pero mi pie derecho le
pedía permiso al izquierdo para avanzar unos centímetros. Desde adentro, observé mi
cara: ¡fatal! La boca apenas si era una mueca con los labios puchereando disconformes.
¿Sabés qué hice? Me copié. Y... ¿qué mejor
espejo que el de aquella personita feliz?
- ¡Viva la vida, viva la vida, viva la vida, viva
el amor..!
Una canción del tiempo de mis abuelos o del de mis
bisa... ¡qué sé yo! Lo que sí supe es que mi mueca feroz se convirtió en una cascada
diáfana de alegría...
Los zapatos se pusieron de acuerdo sin palabras para
ya no pedirse permiso. Casi te diría que volaba y no por la velocidad, sino porque había
logrado elevarme por sobre el manto gris del desgano, del tedio, del no querer. Y lo más
sorprendente: ¡tanto había cambiado aquel lunes que hasta me sentía contenta de ir al
colegio!
Sólo es cuestión de probar. Pero te aseguro que
nada hay más reconfortante que experimentar esa sensación única que te cosquillea el
ombligo al ir robando sonrisas a los afligidos.
Quizá algún pesimista sin remedio pueda pensar que
estás loco, que qué bicho te picó. ¡Bien venido sea el bichito que dibuja una
esperanza lavándole la cara a una mañana nueva de un lunes de invierno o de verano!
¡Bien venido sea ese bichito que es capaz de teñir un cuadro añoso y renegrido, con los
tintes luminosos de la felicidad! |