Con los dedos fabricó una flor. Y, de pronto, los
pétalos luminosos se fundieron con las miradas atónitas de los niños; y la flor ya no
era flor, sino pájaro viajero, que voló travieso hasta posarse en la nariz respingada
del más chiquitín.
El pájaro se hizo canción en la risa fresca que se
escapó sin pensar de la boca de aquel pequeñín.
La risa, ese virus incurable, se propagó por
doquier. Se olvidó de mirar en quién y se instaló en los rostros maravillados ante
semejante espectáculo; el enigmático personaje, con traje de payaso y cándida
presencia, irradiaba de sus manos magia y más magia, como estrellas hechizadas en el
cielo de un cuento de hadas.
El atardecer lo encontró así, dibujando sonrisas
en las caritas morenas de aquel pueblito olvidado.
Ya casi no tenía espacio para repartir globos de
alegría y chocolates de ilusión. Estaba cercado por esos "locos bajitos" que
reían y gritaban remontados de su realidad en ese instante de dicha. Porque ellos no
siempre pueden jugar; a veces, el bichito del hambre, o del frío, o de la soledad, nos
les da permiso...
Ahora voy a contarte quién es el protagonista de
esta historia, quién esa presencia extraña que apareció de repente para pintar soles en
los ojazos límpidos de la infancia.
¿Su nombre? ¿Qué importa el nombre? Una personita
anónima que bien podría haber sido yo, o vos, que un día de esos despertó a las
mariposas que llevaba dentro, revoloteando inquietas por anidar en otras almas necesitadas
de afecto.
¿Y, sabés? Cada una de esas mariposas tiene las
alas salpicadas con los colores del "te quiero", con las notas sublimes
de la entrega, ese milagro cotidiano de aquellos que conocen la alegría intraducible del
DAR.
Esa personita anónima abrió las puertas de su
propia vida para ofrendar a otras vidas sus mariposas inquietas. No esperando nada a
cambio, recogió frutos fecundos: cascadas de luz encendidas en las risas niñas,
estrepitosos besos con sabor a mermelada y abrazos apretados entre corazones hicieron de
aquel día la recompensa más pura y valiosa que podría haber soñado jamás.
Ofreció un ratito de su tiempo, de sus ganas de ser
y experimentó la felicidad más plena: la de atrapar con sus manos una burbuja de paz y
hermandad.
Al contarte esta vivencia, estoy regalándote una de
mis mariposas para que juntos pensemos cómo ofrecer nuestro tesoro a quienes lo
necesitan, para que juntos, mariposa tras mariposa, entrelacemos una cadena de entrega y
servicios que crezca y crezca hasta el infinito; para que juntos dibujemos sonrisas en los
rostros surcados por el dolor o la tristeza y pintemos soles donde grises nubarrones no
permitan ver la luz. Entonces sí, juntos, muy juntos, atraparemos con las manos una
burbuja de paz y amistad. |