Una Ventana a la Vida

Prólogo de Syria Poletti | Índice de esta sección

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Una flor que se hizo pájaro
y luego risa y luego amor

© Verónica Podestá

Con los dedos fabricó una flor. Y, de pronto, los pétalos luminosos se fundieron con las miradas atónitas de los niños; y la flor ya no era flor, sino pájaro viajero, que voló travieso hasta posarse en la nariz respingada del más chiquitín.

El pájaro se hizo canción en la risa fresca que se escapó sin pensar de la boca de aquel pequeñín.

La risa, ese virus incurable, se propagó por doquier. Se olvidó de mirar en quién y se instaló en los rostros maravillados ante semejante espectáculo; el enigmático personaje, con traje de payaso y cándida presencia, irradiaba de sus manos magia y más magia, como estrellas hechizadas en el cielo de un cuento de hadas.

El atardecer lo encontró así, dibujando sonrisas en las caritas morenas de aquel pueblito olvidado.

Ya casi no tenía espacio para repartir globos de alegría y chocolates de ilusión. Estaba cercado por esos "locos bajitos" que reían y gritaban remontados de su realidad en ese instante de dicha. Porque ellos no siempre pueden jugar; a veces, el bichito del hambre, o del frío, o de la soledad, nos les da permiso...

Ahora voy a contarte quién es el protagonista de esta historia, quién esa presencia extraña que apareció de repente para pintar soles en los ojazos límpidos de la infancia.

¿Su nombre? ¿Qué importa el nombre? Una personita anónima que bien podría haber sido yo, o vos, que un día de esos despertó a las mariposas que llevaba dentro, revoloteando inquietas por anidar en otras almas necesitadas de afecto.

¿Y, sabés? Cada una de esas mariposas tiene las alas salpicadas con los colores del "te quiero", con las notas sublimes de la entrega, ese milagro cotidiano de aquellos que conocen la alegría intraducible del DAR.

Esa personita anónima abrió las puertas de su propia vida para ofrendar a otras vidas sus mariposas inquietas. No esperando nada a cambio, recogió frutos fecundos: cascadas de luz encendidas en las risas niñas, estrepitosos besos con sabor a mermelada y abrazos apretados entre corazones hicieron de aquel día la recompensa más pura y valiosa que podría haber soñado jamás.

Ofreció un ratito de su tiempo, de sus ganas de ser y experimentó la felicidad más plena: la de atrapar con sus manos una burbuja de paz y hermandad.

Al contarte esta vivencia, estoy regalándote una de mis mariposas para que juntos pensemos cómo ofrecer nuestro tesoro a quienes lo necesitan, para que juntos, mariposa tras mariposa, entrelacemos una cadena de entrega y servicios que crezca y crezca hasta el infinito; para que juntos dibujemos sonrisas en los rostros surcados por el dolor o la tristeza y pintemos soles donde grises nubarrones no permitan ver la luz. Entonces sí, juntos, muy juntos, atraparemos con las manos una burbuja de paz y amistad.


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Editada en Buenos Aires - Argentina